Mamá, si pudiera quitarme de aquí y ponérmelo ahí… Vocación.

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doctora de vocación | Dra. Ana Martínez Padilla

Recuerdo que, cuando tenía unos ocho años, le decía a mi madre que si los seres humanos fuéramos de plastilina, podríamos quitarnos un trocito de un sitio donde nos sobrara y ponernoslo en otro. Por aquel entonces yo quería ser maestra o pintora, y por supuesto no podía ni imaginarme que existiera un modo de hacer algo así, ni lo relacionaba en absoluto con la medicina.

Me pasé mi adolescencia reafirmándome en que nunca sería ni médico ni abogado. Entonces tenía claro que mi vocación era ser técnico medioambiental y dedicarme a reforestar bosques o a ayudar a especies en peligro de extinción. Incluso tenía comprados varios libritos sobre prevención de incendios forestales, quería trabajar en contacto con la naturaleza y vivir una constante sensación de libertad. Y a ser posible, seguir viviendo en Jaén. Sin embargo, unos días antes de hacer la prescripción de la matrícula para la Universidad, comencé a darle vueltas al asunto. Empecé a recordar las sensaciones que me provocaba el recuerdo de haber estudiado biología en el instituto. El cuerpo humano, su fisiología…, recuerdo explícitamente que no me podía quitar de la cabeza cuánto me interesó el tema del funcionamiento de los riñones y el deseo que me provocó de querer seguir leyendo más, estudiando más, sabiendo más. En ese justo momento, era de noche, diez días antes de solicitar las plazas de la universidad, fue cuando me di cuenta de que lo que yo realmente quería estudiar, era medicina, y que mi intención de hacer ciencias ambientales no era más que un reflejo de el amor que sentía hacia la sierra ( la de Cazorla, Segura y las Villas, por cierto), y de todas las vinculaciones emocionales que me habían provocado los momentos tan felices que allí había vivido, pasando las vacaciones con mi familia durante años.

Fueron años duros y llenos de sacrificios, pero no puedo negar que disfrutaba. Cada asignatura me gustaba más que la anterior, con pocas excepciones. Me parecía emocionante saber esas cosas. Durante los primeros cuatro años (la carrera dura seis), nació en mí un fuerte sentimiento de altruismo y empatía. Deseaba fuertemente que lo que estudiaba me sirviera para ayudar a los demás. Por aquel entonces la medicina interna me apasionaba y de haber podido, tal vez me hubiera ido a África en los veranos sólo para ayudar (algo que prometí a mis seres queridos que no haría, por los riesgos que entrañaba). En cuarto de medicina, con más conocimiento de las especialidades y el trabajo, empecé a interesarme por la cirugía plástica. La veía como la especialidad que me podría permitir desplegar mi creatividad, aplicar mis cualidades innatas, poder hacer más… Una profesión que mezclaba lo manual y lo intelectual. Poder crear, como cuando pintas un cuadro. Me concedieron las prácticas, que solicité transcurrieran en el servicio de plástica del Hospital Reina Sofía de Córdoba. Allí se despejaron todas mis dudas.

La transición entre la mentalidad que me animaba a ser especialista en medicina interna, dedicarme a salvar vidas, y mi nuevo objetivo, también sucedió en este momento. Comprendí que posiblemente en muchas zonas pobres y deprimidas del planeta, todo estriba entre vivir o morir. Pero en el mundo desarrollado en que yo vivo no, en España no. Hay mucho camino entre la vida y la muerte aquí, y la gente que vive esta realidad también merece que se le ayude a ser mas feliz, sin cuestionar con un rasero de doble moral sus deseos y motivaciones. A casi nadie le molesta que uno se depile, se tinte el pelo, vaya al gimnasio o vista a su antojo para mejorar su aspecto. La calidad de vida es sumamente importante en nuestra sociedad.

Siempre me encantó el mundo de posibilidades que me habría esta disciplina. Sin embargo, durante un par de años tras terminar la carrera, me dediqué a otras experiencias médicas, que han aportado mucho a mi actual ejercicio. Finalmente, tras superar el examen M.I.R., con el numero 203 ( de entre unos 9000 opositores, si no mal recuerdo), cogí una de las 31 plazas que se ofrecían en España en la especialidad de cirugía plástica. La más cotizada en el momento actual.

Cuando tenía ocho años no podía imaginarme que mi situación llegaría a ser la actual, pero mi estructura mental ya me indicaba hacia dónde debía dirigir mi camino. Nunca lo había llamado vocación. Tengo muchos conocidos que desde pequeños y durante años dijeron que querían ser médicos. Lo cierto es que sólo yo en mi promoción del instituto estudié la carrera. Nunca lo había llamado vocación, pero está claro que lo era.

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